ASUNCIÓN, SER TURISTA EN TIERRA NATAL

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Suena extraño hacer turismo en Paraguay, pero más extraña es la sensación de ser turista en la ciudad donde uno nació. Desde el espacio de Hábitat Ciudadano se abre un canal para compartir esta experiencia desde una mirada personal, en donde recorreremos Asunción y parte de la cultura paraguaya, sin dejar de tocar los tópicos de esta revista.

                                                                                                                                                                                                                                                                                        por Cecilia Molinaro

Hace 18 años, mis padres habían cerrado la puerta de aquella que había sido mi última morada en Asunción. El paso desde Paraguay a la Argentina, llegaría dos años después, pero aún así dejaba atrás la ciudad en la que había nacido sin mucho tiempo para despedirme de ella.

Mis recuerdos son difusos, propios de una pre-adolescente con pensamientos ajenos a cualquier mirada que me hiciera entender sobre mi identidad, o quién era yo viviendo ese lugar.

Muchos años transcurrieron de la última vez que estuve en aquella ciudad, hasta que tomé la decisión de volver. Nunca es fácil, dadas mis propias circunstancias que van desde el olvido del guaraní hasta ese dichoso sentido de pertenencia, que siempre me fue ambiguo. Adaptarme a un país como Argentina, que ya sentía propio desde chica, me resultó en aquel momento más llevadero – nunca dije que fuera sencillo – que querer volver a una ciudad de la que poco ya recordaba en estos últimos años. Más bien, mi memoria se conectaba con sus calles en forma dispar, con lugares específicos a los que iba, los colectivos que tomaba o sus platos típicos

¿Recuerdos propios de una turista o de alguien que vivió allí alguna vez?

En la ruta hacia Caacupé, los puestos de comida al paso se hacen notar.

 

La llegada: una crónica breve del regreso

Mi primera impresión al llegar es la de una ciudad estancada en el tiempo. Recuerdos vívidos me afloran, sin entender aún si quiero llorar, salir corriendo o sonreír. Cualquier cosa menos el querer quedarme para siempre. Esa ciudad que alguna vez me había visto crecer, la sentía ajena, ya no era mía. Solo había una cosa con la que me conectaba profundamente y era mi pasión por la arquitectura… Pasión que casualmente había nacido allí, pero por motivos que no logro recordar.

Retomando aquellas impresiones – es casi una obviedad decir que son propios de una adulta -, esa ciudad estancada o mejor dicho, encerrada en su micro universo, se da por su gente, sus pequeñas grandes costumbres que la hace única, respetable dentro de cualquier ciudad latinoamericana. Dentro de lo inevitable, los cambios más drásticos estaban en su arquitectura, también única por su variedad, por su descuido y por su silencioso protagonismo. Caminarla fue recorrer con ojos de turista sus calles con veredas de ancho casi inexistente, pisos diseñados por cada vecino según su poder adquisitivo, y portones de estacionamiento levadizos capaces de golpear sin aviso a cualquier persona que esté pasando por delante.

Una de las tantas casonas que abundaban por los barrios periféricos.

 

Incluso parte de la travesía implicó tomar aquellos colectivos idénticos a los que recordaba, que aún conservan fileteado el nombre de la empresa y que en verano pueden matarte de calor tranquilamente, porque el aire acondicionado es un lujo con el que pocas líneas cuentan. Aún así, el encanto está presente en sus vendedores ambulantes andando por doquier, en las casas cuyos diseños peculiares nunca dejan de lado las veneradas galerías para el caluroso enero – parte de la tipología de la arquitectura paraguaya- , complementándose con árboles que ocupan parte de las calles sin importar si interrumpen o no el tránsito vehicular.

Los protagonistas silenciosos: los árboles.

Sin embargo, sus barrios han ido mutando, porque en mis recuerdos abundaban ese tipo de casas con familias tomando tereré  tranquilamente en la vereda; que hoy quedan en un segundo plano, ya que aparecen opacadas por viviendas lujosas con parque y seguridad privada que ocupan media manzana o incluso por edificios de departamentos con fachadas que trascienden a la imaginación, viéndose esta transformación urbana en forma más radical en el centro que en los barrios periféricos.  Sin entender muy bien si fueron por los atípicos días de frío intenso que me tocaron en este viaje o por alguna razón que no me era evidente, no noté gente en esas galerías espaciosas, espiando a los vecinos por la ventana, o andando por las calles. Precisamente, al peatón lo percibí como a un ser casi invisible, difícil de encontrar por las mañanas o en días laborales, en plena zona céntrica, incluso en los parques un día domingo o en los enormes paseos comerciales.

Caminar Asunción en este regreso se dio casi en absoluta soledad, como parte de una actividad inmersiva e introspectiva, en donde me sentí muy segura (en todo sentido). Esa seguridad me generó una confusión tal, como si me sintiera parte de ese lugar a pesar de mis difusos recuerdos, algunos hasta incluso propios de alguien que ya vivió en la ciudad y no de una turista, tales cómo ir de un barrio a otro o llegar al punto más neurálgico, al centro

Vista hacia el centro desde la zona portuaria.

 

Diario de recuerdos o relato de una turista. Recorrida por el Centro.

He vivido parte de mi infancia en la periferia, o mejor conocido como el Gran Asunción. Me había criado en una zona tranquila, con calles adoquinadas y casas convertidas en despensas, donde el horario de la siesta era sagrado y hasta los pibes que volvían de la escuela lo respetaban con su silencio cómplice. En mi recuerdo, el centro -cómo le decíamos- no estaba ni muy lejos ni muy cerca, y viajar hasta allí implicaba todo un acontecimiento que iba desde una cena familiar en algún restaurante, a hacer las compras en el ahora famoso Mercado 4 (gracias, 7 Cajas) o recorrer los shoppings.

Improvisando un negocio en la calle.

En la experiencia de moverse por la ciudad, el status social se ha diferenciado casi con vehemencia – en estos recuerdos de mi recorrida de la ciudad con ojos de niña –  no por el modelo de auto que cada uno tuviese, sino directamente por tener o no un vehículo para viajar, o tener que recurrir al bus (colectivo). Y tantos años después, estas diferencias siguen generando controversia, en una sociedad en donde afirman según estudios realizados que casi el 38% de su población pertenece a la clase media pero alta, a diferencia de la situación en Argentina con sus bemoles propios, en donde se vaticina que el 45% de los argentinos pertenecen técnicamente a la clase media.

Volviendo al centro asunceño, la imponente Avenida Mariscal López – eje principal en donde creció la ciudad-, aún conserva parte de su imagen histórica, y sus fachadas abarcan desde la época colonial hasta el brutalismo de los años ‘60. Aún así, muchas de sus tradicionales casonas pasan desapercibidas y muchas se ven incluso en estado de abandono. Otras mutaron hacia funciones institucionales o comerciales, aunque también están las que se mantienen como residencias aristocráticas. La avenida discurre bajo un velo de hermetismo y desemboca en el punto más turístico de la ciudad, donde el eje costanero se convirtió en un monumental paseo vehicular que da la espalda al Palacio de López (casa de Gobierno). A pocas cuadras, la antigua catedral trasladada del esquema colonialista y el viejo Cabildo hoy transformado en Congreso Nacional flanquean una plaza ocupada lastimosamente por viviendas provisorias de aglomerado y chapa, y plagada de familias que pasan sus días esperando una relocalización definitiva que sólo Dios sabe cuándo se dará.

La plaza aledaña a la Catedral y al Congreso, hoy ocupada por viviendas de emergencia.

Dejando ese paisaje extraño que mira a otro asentamiento paralelo a la vieja y única estación de tren en pie – apagada para siempre tras la dichosa Guerra Grande que ha devastado los ideales de progreso de un país que contempla entre sus obstáculos geográficos, el no tener salida al mar -, aparecen otros monumentos que enarbolan las épocas de batallas y personajes que viven en la memoria colectiva mixturados con las galerías de la calle Palma, que venden desde ropa hasta productos importados a precios incomparables con los de Buenos Aires. A este paisaje comercial se le suma una feria de puestos de artesanía y mujeres indígenas con mantas vendiendo sus producciones mientras sus hijos limpian los zapatos a los oficinistas que sacian su hambre en los históricos bares de la zona, mezclados con turistas que en general vienen a ver algún partido de fútbol de la Copa Libertadores.

En esa confusión urbana yace el encanto de estar en un sitio turístico en donde aún se impone la auténtica rutina cotidiana, que se siente en el aire y te permite apreciar la ciudad sin caer en la trampa de ser guiado por alguna agencia de viajes. Esas mismas que en Buenos Aires te llevan a sitios inventados con costumbres inventadas, como las famosas escapadas a alguna estancia de la provincia, donde se paga un precio irrisorio por comer asado servido por gauchos que andan todo el día a caballo y bailan malambo o una chacarera con chinitas en vestido a lunares; que en Roma te llevan al Coliseo de la mano de un tipo vestido de centurión, que en Londres te persuaden sobre la existencia real de la casa de Sherlock Holmes cambiando la numeración del 221B y que en La Habana siguen tocando boleros como si aún fuera 1959. En Asunción nada de esto está inventado aún, sino que esa autenticidad, mezclada con la amabilidad e inocencia de la gente, devuelven esa paz de no estar pendiente de la vorágine propia de las vacaciones consumistas. Más bien, reina esa peculiar tranquilidad me ayudó a sentir que estaba nuevamente en casa.

Espacios de expresión entre casas y/o locales abandonados.

Desde ese núcleo céntrico, uno debe escapar si quiere llegar a alguna zona de esparcimiento, porque el casco histórico aún no está contagiado por el boom de las cervecerías artesanales o las franquicias de cafeterías y fast food de renombre internacional. Si uno quiere sentirse parte de la vorágine consumista de estos días, hay que trasladarse a un barrio más de moda, como Sajonia o el ya consolidado Villa Morra, con bares y shoppings que lo transforman en el eje central para el ocio y la diversión para todas las edades. Las escalas de tantos centros comerciales divergen, así como también que compiten entre ellos por las actividades que ofrecen a un público que siempre parece encontrar no solo tiempo para caminar indefinidamente por sus pasillos auspiciosos, sino también para comer en sus inmensos patios de comidas. Estos puntos de encuentro, donde convocan a familias o parejas, también encuentran un momento de dispersión haciendo las compras en hipermercados con variedad de productos importados sorprendentes para un argentino, entreteniéndose en las multisalas de cine o juntándose con amigos en los diversos bares que apuestan a todo a la hora de diseñar su infraestructura edilicia y su ambientación obsesionada con la estética norteamericana, como también su oferta culinaria combinada con la gastronomía local.

La otra cara de Asunción: su zona comercial high-tech de lujo.

Años después. Reflexiones de paso.

Mis recuerdos de la tradicional merienda paraguaya -una taza de cocido quemado  y una chipa (no chipá), que había comprado en la calle a los mismos vendedores con canastas sobre las cabezas que aún hoy abundan- o las clásicas despensas atendidas por alguna señora risueña que tomaba tereré para aplacar el calor; chocan al descubrir la novedad de los supermercados 24 hrs que ofrecen una variedad inédita de snacks, golosinas y bebidas importadas.

Aún persisten escenas de una infancia con calles embarradas de tierra colorada, pero esas veredas rotas y algo abandonadas en muchos lados, reemplazan el poco interés que parecen tener hacia el peatón por un carnaval de autos japoneses y alemanes -muchos de ellos, de alta gama- que incluso ofician como servicio de Uber.

Los clásicos vendedores de chipa en plena manifestación.

De ese lujo inédito en las fachadas y los comercios a una galería simple con gallinas rondando por doquier; desde las plazas con librerías integradas al abandono del patrimonio, de la modernidad donde impera una reivindicación del ladrillo a las viejas casonas ocupadas por embajadas o multinacionales; de la venta de naranjas peladas en cada esquina al apuntar a una gastronomía única que salga de los circuitos locales; del profundo catolicismo y la veneración a la Virgen de Caacupé a la exaltación a otros cultos, de una integración cultural a través de equiparar sus dos idiomas al abandono estatal de la comunidad indígena; del no saber valorar ni aprovechar una bicisenda al respeto vigente por los pulmones verdes dados por los parques o arboladas que colorean la Ciudad.

Uno de los tantos locales cerrados, en este caso, una galería completa.

Así y todo, hace 18 años había dejado atrás una ciudad que aún hoy por hoy, no tiene ese movimiento propio de una capital como sus vecinas latinoamericanas, que hasta mantiene una dinámica displicente y pueblerina en las oficinas públicas; una ciudad donde la gente sigue parando el colectivo en cualquier lado porque no existen las paradas y donde parece imposible encontrar el nombre de las calles en una esquina.

Pero si tuviese que confesar algo, no la transformaría, dejaría que mantenga esos aires de pueblo, como parte de su identidad o quizás también de la mía, con un pasado con recuerdos casi lejanos que aún no supe encontrar o recordar.

Manifestantes caminando por Avenida Mariscal López, pidiendo el esclarecimiento al presidente por el tratado con Itaipú.

 

 

 

Fotos y edición: Cecilia Molinaro

 

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