CONUVERSIDADES: UN BOOM EN PLENO MENEMISMO

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Hábitat Ciudadano retoma su repaso por la historia de las universidades públicas del Gran Buenos Aires. En esta oportunidad, nos sumergimos en los años 90 cuando, frente al boom de las privadas en pleno furor neoliberal, se buscó balancear la situación con nuevas universidades estatales.

por Cecilia Molinaro y Agustin Ilutovich

La década de 1990 nació en medio de una hiperinflación incontrolable que había minado la legitimidad del primer gobierno democrático después de siete años de dictadura. Debido a la crisis, el radical Raúl Alfonsín tuvo que dejar el cargo anticipadamente, permitiendo la llegada al poder de Carlos Menem. Éste presentó su proyecto en la campaña como “peronista clásico”, con fuerte presencia del Estado y “revolución productiva”. Pero una vez en el poder resultó tener inesperadas líneas neoliberales, lo que generó desajustes económicos y sociales inimaginables en muy pocos años. 

En este contexto nacional, disfrazado de un aparente crecimiento comercial y financiero, en donde la sociedad festejaba las privatizaciones y la meritocracia de que el dinero fuera la única puerta a educación, salud y jubilaciones “de calidad”: ¿quién pensaría que el nuevo Estado neoliberal iba a alentar la creación de universidades públicas?

En un país que estaba “endulzado” por haber alcanzado un status ficticio -que le permitió a mucha gente poder viajar todos los años a Estados Unidos y a Europa para comprar artículos a un cambio inédito- se ponían sobre la mesa una serie de problemáticas vinculadas con la creación de estas universidades nacionales. Algunas de éstas se relacionaban con: la administración del presupuesto -problema que aún resuena en los pasillos de muchas casas de estudio-, la eterna discusión por el libre acceso de los estudiantes, con posturas que  plantearon exámenes de ingreso excluyentes e incluso el pago de aranceles propios de las universidades privadas. El gobierno menemista, influenciado por las políticas de los organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial, sancionó en 1995 la famosa Ley de Educación Superior (Nº 24.521), más conocida como LES. No hay que olvidarse entre tantas reformas, la creación de la Secretaría de Políticas Universitarias en 1993 y la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación (CONEAU) en 1996, que pusieron la acreditación de carreras y nuevas universidades en manos de consejos conformados por actores del mundo de las instituciones privadas y con una orientación “mercantilista”. 

LA RED UNIVERSITARIA SE CONSOLIDA

A pesar de este contexto, se logró concretar una segunda etapa en la expansión de las universidades nacionales, de las cuales el mayor número se inauguró en el conurbano bonaerense: un total de 6 instituciones. Así surgieron las hoy ya reconocidas universidades de La Matanza (UNLaM, 1989), Quilmes (UNQ, 1989), San Martín (UNSaM, 1992), General Sarmiento (UNGS, 1993), Tres de Febrero (UNTreF, 1995) y Lanús (UNLa, 1995). 

Todas ellas establecieron en sus estatutos la articulación con instituciones que permitieran una pertenencia al sector no solo educativo y local, sino también productivo, a tono con el  nuevo enfoque propuesto por la CONEAU. En el caso particular de la UNGS, sufrió luego la división del municipio en 1994, de la cual surgieron tres nuevos distritos: San Miguel, José C. Paz y Malvinas Argentinas. Por su parte, la UNQ fue una de las primeras universidades que concibió en forma pionera la modalidad virtual de enseñanza, y la UNLa determinó en su estatuto la existencia de un Consejo Social Comunitario, que tendría la participación de referentes de la comunidad local. 

Ahora, en cuanto a su consolidación, no fue casual que muchas de estas universidades -a diferencia de las dos creadas en los años 70, Luján y Lomas de Zamora– se desarrollaran aprovechando las instalaciones abandonadas o decadentes de antiguas industrias y talleres ferroviarios desactivados, desperdigados por el Gran Buenos Aires, en el contexto del desmantelamiento de nuestro sistema ferroviario. Mientras la UNLAM consiguió el predio de la Chrysler Argentina en San Justo, la de San Martín obtuvo el taller Miguelete del Ferrocarril Mitre. En cambio, General Sarmiento y Tres de Febrero pudieron adquirir terrenos -en el primer caso, uno suburbano en un barrio residencial contiguo a Campo de Mayo; y en el otro, dos estratégicamente ubicados en pleno centro comercial de Caseros y frente a la estación del tren San Martín.

Particularmente, los dos casos de estudio elegidos para profundizar en este período pertenecen al primer grupo de Universidades recién descritas: la UNLa se instaló en los antiguos Talleres de Remedios de Escalada (Ferrocarril Roca). La UNQ se estableció a partir de terrenos donados por la textil Fabril Financiera a fines de los años ‘80, con el reciclaje de antiguas estructuras de formato tinglado -a través del agregado de entrepisos y escaleras interiores- y de las las antiguas viviendas del personal jerárquico dentro del predio para ubicar institutos y oficinas administrativas.

Hábitat Ciudadano visitó los campus de ambas universidades a mediados de este año, como parte del presente trabajo de investigación. A continuación, se irán entremezclando las impresiones y observaciones que tuvimos en Lanús y en Quilmes, en párrafos intercalados que permitirán contrastar cuánto tienen en común y cuánto en particular.

READAPTANDO LOS RESABIOS DE UN PASADO PRODUCTIVO

Mayo de 2019. La UNLa es una institución muy ligada al pasado ferroviario de su predio, presente desde que bajás del tren -si venís con el Roca – y empezás a caminar hacia el pabellón principal. Una inmensa estructura ladrillera típica de los trenes luce un cartel tallado que reza “Talleres del Ferrocarril Sud – 1900”, como primer guiño de un campus lleno de sorpresas. La estética inglesa, propia de fines del siglo XIX, acompaña parte del sendero al acceso principal, con árboles añejos, consignas políticas de toda índole y hasta un mural reclamando por la aparición de Santiago Maldonado, sobre un antiguo muro que aísla totalmente al predio del contexto urbano. A lo largo de este camino que recorremos junto a decenas de estudiantes, se ven durmientes de quebracho acopiados, viejas estaciones de carga de Diesel y otros galpones de chapa deteriorados, hasta llegar al  edificio “principal” del conjunto. Se trata del gran tinglado ladrillero, que supo ser taller y depósito, y que se ve en la mayoría de las fotos que promocionan o difunden la UNLa. Claramente se trata del espacio más imponente y con escala institucional que ofrece el campus.

Junio de 2019. Llegar al campus de la UNQui no tiene grandes complicaciones desde el centro de Bernal, pero aún así, pasa totalmente desapercibido en comparación a otras casas de estudio que visitamos. Situado exactamente sobre el límite entre un complejo industrial y un barrio residencial de clase media-alta, la tranquilidad de las calles se interrumpe con la procesión de pibes que llegan en auto o a pie (seguramente desde el tren, porque no pudimos comprobar si pasaban líneas de colectivo cerca). En este caso, llegamos en auto y nos fascinamos con el estacionamiento del predio donde se pueden comprobar los resabios de la vieja fábrica textil en su estructura reciclada. Lo más llamativo no es quizás lo antiguo de los galpones, o que se hayan quitado las chapas de sus techos dejando solamente las cabriadas metálicas peladas, sino precisamente ese esqueleto que, desnudo ante nuestros ojos, nos deja ver algo de su pasado. Desde el acceso al estacionamiento hasta el primer sector techado, que responde al campo de deportes, el camino de acceso resulta un poco confuso y extraño para ser una entrada de campus universitario (luego nos llevaremos una sorpresa al encontrar el otro acceso).

Sin dar vueltas, entramos al pabellón principal de la UNLa, que ha sido bautizado “José Hernández”, según marca un cartel en la entrada. Atravesando las puertas se abre el inmenso espacio industrial del viejo galpón, con dos tiras de aulas y oficinas a sus costados, que forman un gran pasillo central que nos resultó bastante extraño. Lo curioso es que este gran claustro central “semi-enterrado” aparece totalmente deshabitado (ver foto abajo), y toda la gente se concentra y reúne en los costados, incluso cuando en realidad son corredores más angostos e incómodos. La gente ocupa la mayoría de los talleres y aulas que se suceden flanqueando ese gran espacio central sin uso, y esto nos genera un contraste desconcertante. Una serie de paneles y mesas apilados en un rincón nos hacen sospechar que en momentos claves deben montarse exposiciones y quizás elecciones estudiantiles.

Atravesar el campo de deportes de la UNQ no sorprende tanto como perderse por los senderos que se arman entre los galpones en cuyos interiores se construyeron las aulas. La llegada de una noche nublada trae un resplandor llamativo generado por los colores vívidos que se aprecian al recorrer las pasarelas que comunican los distintos claustros. Esta se mezcla con la algarabía que transmiten los pibes al querer meterse rápidamente en sus respectivos cursos por el frío del invierno. Son caminos laberínticos, que en verano deben estar explotados de gente, contemplando desde esos escalones, a otros pasando o tomándose un buen mate antes de rendir algún examen tortuoso. En este pabellón de ciencias, nos metemos por puertas que no necesitan mucha explicación, ya que desde afuera se puede ver a través de su frente vidriado si adentro hay un aula o -en este caso- un laboratorio de química. Escaleras, puertas y pasillos infinitos son lo que más llama la atención por sus colores y su recorrido poco claro. 

Saliendo del pabellón José Hernández, llegamos a uno de los accesos principales del predio de Lanús, una gran calle que desemboca en los estacionamientos desde los cuales una hilera de estudiantes se dispersa a las aulas. Pasando el edificio-comedor, asoma otro similar (alargado, de ladrillo, vidrio y techo de chapa) con aulas y talleres. Más allá, se divisan otros grandes pabellones también alargados, como una permanente referencia a los propios galpones del tren, pero claramente construidos durante el reciclaje del predio. Los antecede una curiosa plaza poblada por un bosquecito de columnas metálicas y dominada por una gran escultura de Don Quijote.

Con el frío como bandera de recorrido, atravesamos una de las omnipresentes pasarelas de la UNQui hasta otro sector, con un ambiente más impoluto, hermético y tan silencioso como el pabellón de ciencias. Así, llegamos al ala central que desemboca en la escalera principal, y al ala de tecnología donde hay varias computadoras que parecen flotar en el entrepiso. Claramente esta estructura nueva no entorpece a la original. Es más, da la sensación de estar allí desde siempre, con sectores que parecen pensados para que lxs pibes los utilicen como espacio de trabajo o de descanso pero todo dentro de un ámbito de respeto, y un bullicio que no es molesto. Más bien, cada uno está concentrado en lo suyo en una paz impropia de un lugar público. Decidimos recorrer un poco las aulas pero hay clima de tensión y ansiedad, dado que es época de exámenes. Algo típico de la espera agónica por una nota es tener algún espacio donde soportar esa sensación, y aquí los pasillos, entremezclados con la gran escalera metálica que irrumpe el paisaje de aulas traslúcidas dejan entrever aulas más espaciosas y menos incómodas que los benditos talleres a los que conocimos al cursar en la FADU. 

Esa escalera central icónica se repite en el ala central que lleva al comedor y a la librería, que parecen áreas olvidadas del edificio, no por la ausencia de gente, sino porque en época de exámenes nadie prioriza la visita a estos lugares.

Seguimos avanzando por la callecita asfaltada de la UNLa, cuando chocamos con una mini vía de tren a escala infantil. Nos preguntamos si es algún resabio de la época de los talleres que se haya usado para mover volquetes o materiales dentro del predio, o un mero homenaje al pasado. Es tan pequeña que la gente apenas la atraviesa con un solo paso, y no logramos ver de dónde viene ni hacia dónde va, hasta que encontramos un pequeño techito de chapa con un cartel que reza “estación Pueblo de los talleres”, parte de un proyecto de construcción de réplica en escala de un tendido ferroviario. Misterio casi-resuelto. Atravesando este gran claro libre, donde un grupo de estudiantes hace gimnasia, llegamos a los nuevos edificios del campus universitario, construidos hace menos de cinco años con una estética muy diferente a los demás. Más tarde, encontraremos que en realidad fueron todos diseñados por el mismo plantel de arquitectos, liderado por Jorge Moscato y Rolando Schere, luego acompañados por sus respectivos hijos.

De esas escaleras tan propias de la UNQ, producto de un reciclaje desarrollado también en los ‘90, aparecen detalles propios de un trabajo que con una imagen algo estancada en el tiempo, pero que a la vez tiene un encanto atemporal. Toda esa búsqueda desaparece al salir a un parque que resulta ser la entrada “principal” del complejo, bordeada por otros pabellones menores que poco tienen en común con la estructura ladrillera del edificio principal, con la forma de casitas pintorescas con techos de tejas y fachadas blancas. Todo eso configura un gran sendero donde lxs pibes, caminan, se sientan a tomar mate a pesar del frío, y por último desembocan en el portón de acceso a la facultad, que pasa totalmente desapercibido a los ojos de un transeúnte que desconozca que allí funciona una universidad con una impronta industrial, refuncionalizada a partir de 1993 por dos arquitectos de experiencia en el ámbito educativo: Juan Manuel Borthagaray y Mederico Faivre.

Recorremos el predio de la UNLa intentando conseguir fotos de exposición lenta, mostrando los “fantasmas” que dejan las personas en movimiento en este tipo de capturas. De pronto, nos sorprende la soledad que empieza a percibirse, sumada a la escasa iluminación del parque. Hay recovecos entre los edificios que quedan totalmente a oscuras, y vemos algunas chicas saliendo solas hacia un sendero desconocido para nosotrxs, con cabezas gachas, auriculares, paso apurado en las penumbras de lo que se adivina como uno de los bordes del predio. 

Luego de un rato, los pabellones ya no suponen muchas sorpresas ni intereses, ya que empezamos a entender cómo funcionan en su repetición. Aún no logramos entender qué carreras se cursan en cada bloque que atravesamos, similar al anterior y sin mucho que lo identifique. Salimos a la calle Malabia saludando al guardia del predio, y encontramos el típico paisaje del conurbano dominado por los autos a gran velocidad, casi sin gente caminando en las veredas en plena noche. La excepción la dan algunos pocos runners que dan vueltas al campus aprovechando ese circuito sin semáforos ni interrupciones. Del otro lado de la calle, se suceden casitas de barrio venidas a menos, con sus jardines abandonados y cubiertos de hojas secas y óxido, junto a algunos negocios que ya están cerrados, lógicamente por la hora. Subimos al auto y arrancamos camino al Puente Pueyrredón, de vuelta al centro porteño.

A LA BÚSQUEDA DE ENTENDER ESTE PERÍODO

Si rápidamente se piensa en los años ‘90 en la Argentina, lo primero que cualquiera hace es asociarlos de inmediato con las privatizaciones generalizadas y la reducción del Estado, el boom de la educación, la salud y las AFJP como negocios rentables, y la mal llamada federalización de la escuela pública, que tanto perjudicó al sistema por su pésima implementación.

Por lo tanto, algo hace ruido cuando solapamos a ese contexto la creación de instituciones públicas y gratuitas hoy tan potentes y representativas como las universidades de La Matanza, San Martín, 3 de Febrero, General Sarmiento, Quilmes o Lanús. 

Casas de estudio que trascienden por motivos diversos que no se limitan a la cercanía geográfica para quienes deciden asistir sólo porque les quede más cómodo. Sus propias trayectorias generadas a lo largo del tiempo, les han dado una envergadura institucional que nada tiene que envidiar a las demás universidades nacionales más antiguas. La tradición que respalda a la UBA es la que probablemente opaque a otras instituciones, que no solo cuentan con vastos terrenos para desarrollarse, sino también facultades, carreras, especializaciones que nada tienen que envidiar a las ya establecidas que en muchos casos están desactualizadas e impropias a los tiempos que corren. 

Entender el por qué surgen estas universidades en un período tan olvidable en la historia argentina es quizás una incógnita para los autores. Pero su éxito sin dudas responde a un acceso que no es irrestricto, a tecnicaturas que se entreveran con las necesidades sociales y económicas, y a un crecimiento prolongado que ha dejado atrás la mera sanción de los proyectos de ley de creación de las mismas. Muchos aluden a una contradicción ideológica porque el proyecto de las universidades nacionales fue más una necesidad del Poder Ejecutivo, que poco instrumentó planes de estudio o políticas institucionales que le dieran entidad a estos sitios. Entonces el contexto político y económico limitó no solo el desarrollo de más instituciones. Más bien se acercaron a los mecanismos de algunas facultades privadas con herramientas como la educación virtual, pero manteniendo la seguridad que podrían transmitir las casas tradicionales, con una lógica de descentralización. 

Con un espacio reducido y aulas precarias en edificios prestados, estas facultades empezaban a dar clases para sus primeros alumnos hace casi treinta años. Con el correr del tiempo, lograron un crecimiento sostenido y se consolidaron como lugares válidos para cursar tanto carreras “clásicas” como otras novedosas y experimentales, dejadas de lado por las universidades más antiguas.

Entonces, ¿su crecimiento responde a una cuestión geográfica? ¿A una demanda del mercado laboral? ¿Es una consecuencia social de haber implementado un instrumento para consolidar polos urbanos, descentralizando la formación universitaria? Son muchos factores, pero su creación previa a la sanción de la Ley de Educación Superior dio piedra libre – a pesar del duro contexto de esos años para el sistema universitario- para su consideración y posterior consolidación en el kirchnerismo con políticas públicas de expansión del sistema no sólo universitario, sino también educativo y federal. 


Ilustración: Agustina Velasco

Fotos y edición: Cecilia Molinaro

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