EN EL CAMINO DE LOS TAMBORES

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Es viernes por la noche y estoy solo en mi casa. Una casa que ya está fría porque sus espacios vacíos no se calientan con mi simple presencia. Le doy vueltas en la cabeza a los problemas que tuve en el trabajo. Estoy muy cansado, trabajé jornadas larguísimas estos días para terminar el nuevo proyecto. Las piernas me pesan pero mi cabeza no para de pensar. Decido salir a tomar aire. Me abrigo con lo primero que encuentro y salgo a la calle. Esas calles que son tan nuestras y tan ajenas a la vez, que las compartimos con otras personas pero que también nos son propias. Las baldosas cambian su motivo y yo que juego a esquivar las líneas, las personas, la suciedad y las que están rotas. Tengo que hacer un gran esfuerzo pero eso me distrae de mi día y me permite liberar mi mente. Sigo caminando, a veces recto y a veces en zig zag. Mi cabeza tararea una canción y mis piernas quieren bailar al compás pero las retengo. Las baldosas siguen flojas pero yo me mantengo firme. Mi mente está confundida, ya no sabe si pensar en el trabajo o escuchar la ciudad con sus ruidos infinitos.

El colectivo número 115 pasa rápido por al lado mío. No lo veo pero sé que es ese porque conozco el ruido que hacen los motores viejos de esa línea que nunca se modernizó. La parada del colectivo la pasé hace media cuadra, había 3 personas esperando muertas de frío y con cansancio en los ojos. Los ví sin querer ver, los ví sin pensar que los estaba viendo. Y sigo tarareando una canción que no sé de dónde sale. Siento que la escucho. O realmente la escucho? Mis piernas siguen cansadas pero la firmeza se pierde de a poco y empiezan a tomar forma. Forma de acordes. Son los acordes de una canción o los acordes de la ciudad. Vibra el piso debajo de mis piés. No sé si es el último subterráneo del día o si son las notas de esa canción que no me dejan pisar fuerte. Oigo el rasgueo de una guitarra y el golpe del bombo se cuela por las rendijas de la vereda. Aceleró el paso y ya sin pensar mis piernas deambulan por la ciudad. Me topo con algunas personas. Veo que todas caminan en fila como llevadas hacia el mismo lugar. Algunas están en grupos, comparten un vino. Lo toman de la propia botella, lo levantan y acercan la boca al pico. Se ríen cada tanto. Sus piernas toman impulso y sus caderas piden liberarse para bailar. Sin darme cuenta, las sigo. Sigo a estas personas que no se quienes son pero yo ya no puedo pensar correctamente. Me convidan vino. Tomo un poco. Se me calienta la sangre y mis piernas empiezan a reaccionar. Tomo otro poco. La música es cada vez más fuerte. El golpe del bombo raja las baldosas y crea nuevos motivos en ellas, motivos de acordes, de ritmos, de temblores. Cuando levanto la cabeza me doy cuenta que estoy frente a un lugar. Mitad galpón, mitad bar. Las personas que me convidaron con un poco de su vino entran sin dudar y yo los sigo. Hay un escenario con un cartel que anuncia “Peña A Los Tambores”. Miro a mi alrededor y veo mucha gente. Algunos toman vino, otros cerveza. La mayoría mueve sus piernas al ritmo de la música, chasquean los dedos y giran en círculos. Hay algunos otros más tímidos que se limitan a mirar y aplaudir. Termina la primera balada y se arriman a las mesas para seguir tomando y pedir algo de comida. Les sirven un guiso humeante en un cacharro de barro. Todos comen sin pensar en lo que lleva el guiso. El olor me atrae y me pido uno yo también. Me siento en una mesa donde me hace lugar un grupo de jóvenes. Me comparten más vino. Me llegan los ruidos de la calle. Los colectivos que pasan respetando su horario nocturno, la gente que se acerca al galpón y los que siguen de largo buscando otro lugar donde saciar su sed de descontrol.

La peña se ha construido a lo largo de los años como un espacio de encuentro de personas que buscan la socialización en un ambiente que se caracteriza por la alegría, la música, la danza y la comida.

Son conocidas en sus inicios como ámbitos de esparcimiento en sectores rurales y aislados de las grandes ciudades. Era un lugar en el cual las personas que vivían en lo que se conoce comúnmente como el campo se encontraban en su tiempo libre. En ese momento de dispersión bailaban, comían y lo utilizaba para socializar con otras personas.

Las peñas llegan por primera vez a la Ciudad de Buenos Aires en los años 60. Este boom de las peñas en la ciudad tiene sus causas conectadas con el momento que estaba viviendo la sociedad tanto nacional como internacionalmente. Por un lado se comenzó a enseñar en las escuelas públicas del país el folklore y por otro, a nivel mundial se hizo masiva una visión anti cosmopolita y comenzó a haber una gran sensibilidad social, sobre todo entre la juventud que se caracterizó por una visión anti guerra, más purista. Los ’60 sentaron las bases de lo que después fue el movimiento hippie en la década siguiente. Estas razones llevaron a que la gente se interesara por las peñas como lugares de encuentro con lo tradicional, con la música proveniente de provincias alejadas de la capital, con una danza que tiene mucho de liberación, de conexión con los sentimientos, de sensaciones encontradas.

En la actualidad las peñas pueden encontrarse en la mayor parte de los barrios de la Ciudad de Buenos Aires, y en el conurbano bonaerense. Además se han construido webs en las que es posible informarse sobre la localización de alguna peña en particular, el menú, si hay algún evento en particular, etc. Una problemática que recorre actualmente el mundo de las peñas es la habilitación municipal. Los testimonios dan cuenta de que no se encuentran tantas peñas como años atrás porque las mismas han sido clausuradas o corren peligro de serlo.

“Para mi ir a una peña es poder bailar y perder el miedo al ridículo”. María tiene 23 años, es estudiante universitaria en la UBA pero nació y vivió toda su adolescencia en Tres Arroyos, una pequeña ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires. Cuando habla sobre una peña enfatiza la sensación con lo familiar: “es como ir a una fiesta familiar pero más grande”. Lo familiar suele ser usado como sinónimo de algo que es cercano, que transmite seguridad y en el cual te sentís cómodo. “Cuando voy a una peña me gusta ver a aquellos que saben bailar bien folklore y yo también bailo. Me olvido de la vergüenza y paso un buen rato”.

Las peñas son cómodas, son cercanas, están en todos los barrios de la capital con lo cual no es necesario que la salida implique una gran movilización ni un gran gasto en transporte. Sandra comenzó clases de folklore hace un año atrás, a sus 54 años y hoy día concurre asiduamente a peñas en el sur de la capital. “Me gustan porque no hay distinción de edad, sexo, profesión, etc. Es toda gente distinta que está ahí porque quiere compartir” afirma. “Bailás aunque no sepas”. Sandra encontró un espacio de socialización en donde sin importar su edad, su profesión o su estatus social, todo se comparte.  

A medida que conversas con personas que están involucradas en el mundo de las peñas hay conceptos que coinciden: ir a las peñas para bailar sin importar si sabes cómo hacerlo correctamente o no, las peñas son lugares de encuentro y las peñas son espacios culturales en donde se rememoran canciones populares.

Otra coincidencia es que la mayoría de los asistentes recurren al transporte público a la hora de desplazarse hacia el lugar donde se realiza la peña. Podría decirse que esto se debe en primer lugar a la elección de una peña que se encuentre cercana a sus hogares, o en el mismo barrio y por otro lado a una idea de peregrinación hacia el lugar de encuentro. Sandra fue la única entrevistada que dijo ir con su propio automóvil y afirmó “generalmente voy en auto y llevo y traigo gente a donde necesiten”. En ese acto de compartir el auto, podría decirse que ese auto pasa a funcionar como un transporte público, ayudando a la gente a volver a sus casas después de una larga noche de baile, alcohol y comida. Las peñas construyen su identidad, y con ella la de los recurrentes, alrededor del concepto de lo colectivo.

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