ESTE AÑO HABLEMOS DE HÁBITAT

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Fin de año siempre nos pone al borde de un pequeño abismo. Deseamos con todas las fuerzas que tenemos que, ese límite pactado hace tiempo entre una muchedumbre que buscaba organizarse, nos sirva para hacer desaparecer los miedos que arrastramos y nos permita caer en la tranquilidad de deseos cumplidos. Pecamos muchas veces de optimistas, pensando que el momento exacto del paso del dígito del año nos favorecerá con inicios brillantes.


Todo límite territorial es distinto. Cuando sentimos que un territorio termina, lejos estamos de querer dejarlo y adentrarnos en lo inexplorado. Queremos volver al remanso del lugar en el cual crecimos, que no cambie demasiado, queremos que se ajuste al recuerdo, que permanezca intacto o al menos parecido.  Hay algo de aferrarse al territorio como al propio cuerpo y temer eso otro que es lo desconocido.

Cuando habitamos otros lugares muchas veces nos sentimos incómodos, pisar una ciudad, un barrio, asentamiento o villa cuya cultura es distinta nos genera un cierto temor irracional por no conocer sus claves, sus lugares prohibidos, sus días y sus noches.

La situación de límite, no es igual con el tiempo que con el espacio. No hay un punto, un lugar en el cual, como con el cambio de año, nos invite a soñar con futuros mejores. En general, cuando llegamos a un límite urbano, cuando sentimos que si caminamos un poco más alla ya no es mi barrio, mi ciudad, que es un lugar en el cual las costumbres son otras, la forma que tienen de vivir son diferentes, o por lo menos es lo que creemos, esos lugares se nos presentan como opacos, riesgosos y, lejos de incitarnos a adentrarnos en ellos, nos generan incertidumbre, desprotección, desinterés.

El autor Rodolfo Kush en uno de sus textos dice que para muchos pueblos originarios el territorio, su lugar donde vivían era la luz, era el lugar de encuentro con los dioses y que un poco más allá, donde no cabía ninguna lucidez, estaba el caos. Nadie iba al caos a menos que fuera enviado, porque esos viajes tenían un fin supremo. Aquellos enviados al caos, sabían que trasponiendo ese límite, iba a haber incomodidad, carencias, privación y sin embargo, se encomendaban al nuevo territorio con el saber de que dicha experiencia les haría recobrar la conciencia de sí mismo, adquirir mayor lucidez, ganar energía y crecer en sabiduría. porque el aprendizaje se da en la diferencia.

Hoy en día, asistimos cotidianamente a la construcción de límites. Límites que dicen que mi cuadra, mi barrio, mi ciudad son el centro y lo que sigue más allá es el caos, es otra forma de vivir incomprensible, la cual hasta se la descalifica. El caos de lo que hay más allá, a diferencia del año que empezamos, pierde ese sentido de expectativa, esperanza o curiosidad.

Despedimos un 2018 que tuvo gran intensidad en lo que refiere a problemáticas y resistencias en el campo del hábitat. Fue un año en el cual perdimos derechos ciudadanos, perdimos patrimonio público, perdimos con normativas que piensan a las ciudades como mercadería, perdimos por falta de políticas de vivienda, por el enbdeudamiento, perdimos con tarifas impagables, perdimos tal vez la posibilidad de seguir viviendo en donde vivíamos y nos tuvimos que ir lejos, perdimos la posibilidad de confiar en la gente que vive mas allá.

Iniciamos un 2019 con expectativas, deseos y proyectos colectivos. En lo que al hábitat respecta, esperamos que los límites nos sirvan para transponerlos en busca de aprender, de ser personas más receptivas y sabias.

Este año nuevo tenemos deseos de animarnos a habitar territorios complejos, que nos despierten intereses, inquietudes y miedos. Que la otredad sea la convocante porque la integración es diferente a la homogeneidad y para integrarnos tenemos que habitarnos en nuestras diferencias.

Foto de portada: Alberto Vera, de El Mundo

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