HABITANDO EL AISLAMIENTO #10: DESDE LOS BARRIOS DE POSADAS

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En uno de los puntos más extremos del país, frente al río Paraná y la frontera con el Paraguay, nos llega una crónica que reflexiona sobre el aislamiento social y sus formas en los barrios populares de la capital misionera.

por Horacio Szeliga

                                                                                                                                                                             Foto de portada: Elisa Keo


En estos tiempos signados por la incertidumbre decir que la situación de la pandemia es por todos conocida no es una frase hecha, ya que alcanzó –con pocos matices– a cada rincón del planeta. También lo han hecho las distintas modalidades y grados de cuarentena.

Misiones se adelantó a las demás provincias en decretar la suspensión de clases presenciales, entre otras medidas. La temprana reacción de las autoridades en función de la preservación de la salud de nuestra comunidad, fue motivada no sólo por causa del COVID-19, sino también por el pico de contagios por dengue en la provincia (y la región).

La frontera internacional de Misiones –más del 80% de sus límites lo son– tiene gran permeabilidad con una región donde el dengue se ha transformado en endémico. Fronteras con países que además han mostrado actitudes opuestas respecto a la pandemia de COVID-19 –Paraguay asumió anticipada y enérgicamente el problema, mientras que el gobierno federal de Brasil sigue políticas cuyos lamentables resultados son públicos–. Quienes estudian o trabajan cruzando los pasos fronterizos a diario fueron los primeros que vieron drásticamente afectadas sus actividades habituales, ante el cierre del tránsito de bienes y personas.

Si –como dicen los especialistas que hoy saturan los medios– “al coronavirus lo salimos a buscar, no viene a nosotros”, el dengue por contrario nos busca, y para ello usa un vector que hospedamos en nuestras casas. Ese mosquito con nombre de difícil pronunciación vive de la línea municipal hacia adentro, y ya hace mucho que en Misiones incorporamos el verbo descacharrizar (“tarea de desprenderse de los despojos de nuestro consumismo, el lugar preferido del vector para anidar”), y que parecen –tarea, cacharros y mosquitos– reproducirse al infinito.

Similar situación ocurre con la leishmaniasis, otra enfermedad vectorial endémica en la región del nordeste transmitida también por mosquitos, que afecta principalmente a los perros domésticos, pero que puede pasar al ser humano.  Y en la disyuntiva entre evitar salir al encuentro de un virus o que nos busquen otros, transcurrimos los últimos meses. La vivencia de un encierro es condicionada por el espacio doméstico en que se habita.

El patio de un lote mínimo de un barrio en el que surgen cada vez más edificaciones en altura -invadiendo visuales y proyectando sombras-, permite a una familia de cuatro miembros poder transcurrir mejor el encierro y descomprimir una vivienda de superficie reducida. Su localización relativamente cercana al centro le agrega el valor de vincular con mayor facilidad al trabajo, el estudio y a este tercer espacio del mundo virtual, vía servicios disponibles y cercanos. Y la pequeña selva del patio donde cuelga la hamaca paraguaya y concurren varias especies de aves, es una mancha verde en una manzana cada vez más gris; y conecta imaginariamente con la gran selva misionera y los espacios abiertos propios de nuestro modo de vida.

 

Foto: Horacio Szeliga

 

Otras familias guardan cuarentena manteniendo un contacto directo con la riqueza de la tierra colorada y la selva, alejados de la urbanidad y de endemias y pandemias de características predominantemente urbanas. Una chacra al interior de la provincia se transforma así en un refugio donde reencontrarse con la naturaleza a un tiempo que transcurre a un ritmo distinto; aunque esto signifique que –para no desconectarse completamente del mundo– el lugar de la casa con mejor señal se transforme en una suerte de espacio ritual a la luz de fogatas y celulares.

Ahora me toca trasladarme hacia la periferia de Posadas para asistir con suministros a un familiar de edad avanzada, munido del correspondiente barbijo, alcohol en gel y salvoconducto oficial. Conduzco al límite, literalmente, de una ciudad que se expande a fuerza de ganarle terreno a los periurbanos. Donde alguna vez existían quintas que producían alimentos de manera cercana, a escala familiar y con un menor impacto en el ambiente, hoy hay un mar de casitas.

Al llegar a mi destino, algunos gurises del barrio bajan frutos de los árboles mientras otros ganan la calle como patio de juegos al grito de ¡coronavirus! ¡coronavirus! casi como un conjuro. Todo se percibe espacioso y con el sol derramando en jardines con verde. La baja densidad y los patios de las viviendas sociales que han sido el modelo que extendió al infinito a Posadas parecen cobrar otro valor en cuarentena. Esta realidad barrial sin las largas sombras de edificios en altura pone en crisis mis pensamientos de arquitecto dedicado a la planificación y los postulados que algunos militamos hace mucho: la ciudad compacta, la densificación y también el incentivo al uso del transporte público, medio de movilidad hoy sospechado de riesgoso.

 

Foto: Horacio Szeliga

 

Pero a pesar del confinamiento y aún más por su causa, los vecinos requieren del acceso a los servicios básicos. De otra manera quedarse en casa se trasforma en un imposible. Cuando las condiciones son poco favorables, con viviendas deficitarias, hacinamiento o situaciones de violencia familiar o de género, esto se profundiza.

Las inequidades en el acceso a bienes y servicios urbanos se manifiestan en gran parte de esta ciudad de matriz dispersa y con grandes vacíos especulativos sin ocupar. A diferencia del tejido residencial consolidado a lo largo del tiempo, los barrios de interés social tienen resueltas las infraestructuras básicas; han buscado dar solución al déficit habitacional, aunque los vecinos siguen dependiendo de las áreas céntrales para las más elementales necesidades y no se logra construir ciudad en el sentido amplio del término, con suficientes equipamientos y servicios, y lugares de encuentro que estimulen la vida comunitaria e incentiven la actividad económica. Es una realidad de distancias sociales arraigadas y que permanecen, que interpela a quienes tenemos responsabilidad en la configuración del hábitat.

En estos meses que transcurrimos se multiplicaron los conversatorios, foros y debates virtuales donde se exponen y discuten estos temas hoy puestos en dramática evidencia. Ahora que estamos ingresando gradualmente a una nueva normalidad, mantengamos en agenda contribuir a que el distanciamiento físico por un motivo inesperado como la pandemia, no se traduzca en más distancias sociales.


Horacio Szeliga reside en Posadas, Misiones. Arquitecto de profesión y planificador urbano por vocación, actividad que realiza desde la gestión pública, la docencia universidad y la investigación.

Elisa Keo es arquitecta, fotógrafa y artista plástica – Instagram: @eli.keo @angelinakeo.arte

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