HABITANDO EL AISLAMIENTO #2 – ANSIEDAD EN CUATRO PAREDES

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Los días pasan – al momento de esta nota, vamos por el día 13 del aislamiento obligatorio – y nuestras conductas han cambiado notablemente. El proceso de adaptación al encierro fue drástico, y modificó los ánimos generales de formas muy variadas, con matices, pero con un factor en común: la ansiedad.


Un sentimiento de inquietud y preocupación generalizada se traspoló a las redes sociales. Los primeros dos días, para muchos “el hogar” se convirtió de forma inconsciente en el blanco de lo que sería, los indicios de todo lo que podría pasar estando encerrado. Para bien o para mal, todos se enorgullecían de mostrar cómo por fin, podían pintar espacios de la casa que no habían podido ni estando de vacaciones, ordenando habitaciones o aún mejor, limpiando lugares casi impensado en la vida diaria, como la heladera. Casi al mismo tiempo, brotaron los challenges o los desafíos – que si bien aparecen cada tanto con retos de todo tipo -, en esta ocasión, resurgieron con miles de variables y propuestas: desde emular al papel higiénico como una pelota de fútbol, compartir recuerdos de la infancia, fotos de todo tipo y color, desde la ventana, compartiendo frases motivacionales que incluían mencionar a amigxs, conocidxs que continuaban con esto, no lo entendían o simplemente terminaban ignorándolo.

Esto fue mutando velozmente con el correr de las horas. El agotamiento que implica hacer varias actividades en el hogar, de un momento a otro,  se canalizó en recomendar miles de series, películas, podcasts, obras de teatro y un sinfín de cursos que se habilitaron consecuentemente en forma gratuita, intentando aplacar los efectos que ya se hacían sentir con el encierro. Mirando el lado positivo, todas esas actividades que usualmente no las hacemos en casa o implican un costo, motivaron a que muchos artistas de manera desinteresada decidieran hacer vivos de Instagram desde sus livings, cantando y/o tocando como podían y que las clases virtuales se convirtieran en un boom impensado y en algunos casos, no calculado.

Viendo el lado negativo, depender de una buena conexión de Internet, de esperar que el sistema para trabajar no se colapse, entender plataformas nuevas para descargar los programas de una cursada o incluso hacer videollamadas sin interrupciones se volvieron motivos de frustración que llevó a quejas múltiples hacia las empresas prestadoras de servicio, e irónicamente las mismas solicitaron ejercer un uso responsable de las redes y las plataformas digitales se acoplaron levemente, “bajandole la calidad” a sus propuestas audiovisuales.

La oferta variopinta de cursos, de bibliotecas enteras a libre disposición y quién sabe qué más, si bien motivó a adquirir nuevos pasatiempos, alimentó sin querer a ese enemigo silencioso del que nadie se quería hacer cargo: la ansiedad. Volvieron a aparecer en las redes, múltiples posteos donde muchos parecían estar aprendiendo un nuevo idioma o un programa de edición o intentando encontrar una nueva veta en la fotografía  o la pintura, al mismo tiempo que encontraban una vía de escape en la meditación o el yoga siendo el living o el dormitorio los espacios propicios para realizar estas múltiples tareas, que además de oficina improvisada, se estaba transformando en un pequeño altar para descansar hasta de uno mismo.

La actividad física se tornó en otro de los factores elementales para calmar los ánimos, volcando en historias o posteos cómo transformaron en un pequeño gimnasio algún rincón de la casa para poder estirarse, hacer abdominales o hasta -lo más insólito- correr en el balcón por unos minutos. El efecto dominó de ver a quienes hacían ejercicio lo empezaban a hacer desde sus casas – y así lo recomendaban para no perder sus rutinas habituales – incentivaron a los más sedentarios o pocos habitúes a ejercitarse; generando de manera sorpresiva una rutina que posiblemente se vuelva estable o solo sea uno de las actividades efímeras y de efecto viral propios de Instagram o del más reciente TikTok.

¿Moda o hábito nuevo? No hay una respuesta clara, y tampoco se quieren emitir juicio de valor alguno, ya que todxs estamos inmersxs en esta vorágine, y justamente cada unx canaliza esta ansiedad que se volvió colectiva como puede.

Van pasando los días y las tareas en consecuencia, fueron cambiando, probando nuevas rutinas o incluso, imponiéndose nuevos desafíos que con el cese de actividades de muchos rubros, impusieron el aprovechar los grandes lapsos de tiempo libre para dejar de sobrevivir al ajetreo diario y realizar con calma, aquello básico o cotidiano. La cocina así, se convirtió en un refugio para aficionadxs que por falta de tiempo y ganas no lograban canalizar su pasión por cocinar, y hasta para lxs aventurerxs que para para cambiar la rutina, se embarcaron en transformar este espacio como un lugar de experimentación en soledad o en familia. Nuevamente las redes sociales nos deslumbraron con un manual digital de recetas tanto dulces como saladas, apelando a fabricar platos o manjares que parecían impensados o mejor dicho, no había esperanza de realizar. Finalmente, qué nos impide ahora hacer nuestro propio pan casero dejando leudar un bollo durante mil horas, o poner lentejas en remojo toda una noche, sin apuro, como hacían nuestras abuelas?

En este transcurrir diario, justamente el éxito, la aprobación y el optimismo por estas habilidades que afloran son el condimento perfecto para acallar los brotes de ansiedad que están latentes. Las videollamadas, los mensajes y hasta los memes, son otra contraparte positiva que rompen los límites físicos a los que nos fuimos acostumbrando en menos de dos semanas.

Por supuesto, no podemos dejar de sentirnos privilegiadxs al poder darles usos novedosos a sitios habituales de nuestra casa, ya sea para descansar, para trabajar, para cocinar, leer o aprender algo nuevo; adaptándose el dormitorio como lugar de trabajo o estudio, al balcón o patio (si contamos con uno) como espacio de relajación o incluso zona de juegos, dejando de ser solamente un tendedero de ropa o un depósito de cachivaches.

Todo esto está condicionado por la superficie que tenga nuestra casa, o incluso con cuantos vivamos. La ansiedad traspasó hogares, generando efectos de todo tipo, afectando a todxs por igual; modificó modos de vivir, puso a prueba la convivencia o la soledad… Pero también visibilizó carencias urgentes respecto a la situación habitacional, poniendo en valor casi de manera invaluable el hecho de gozar de una vivienda propia, dejando en segundo plano cualquier conducta viral que copiemos de las redes sociales, pero dejándonos con un gran interrogante cuando volvamos a la normalidad:

¿Será que estas conductas nuevas que estamos adoptando con el encierro se convertirán en nuevos hábitos o son solo pasajeras? ¿Los espacios de nuestra casa volverán a sus usos habituales o transformaremos esos lugares en nuevos sitios de trabajo, de ejercitación o mejor dicho serán concebidos como espacios multi-uso?

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