HABITANDO EL AISLAMIENTO #5: DE LA EVASIÓN A LA PARANOIA

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Desde Barcelona, Facundo hace llegar a Hábitat Ciudadano sus fotos y esta pequeña crónica que reconstruye su vivencia personal en el marco de la pandemia COVID-19. Habitar la negación, luego la sospecha, la preocupación y finalmente los síntomas mismos, sin nunca haber podido confirmar qué le estaba pasando realmente.

por Facundo Gutiérrez


Barcelona, 13 de Marzo de 2020. Era viernes y estaba en una fiesta, donde éramos pocos porque ya se hablaba del virus y muchos habían optado por no ir. Se trataba del cumpleaños de una de mis mejores amigas, a quien hacía mucho tiempo no veía. Le habían cancelado un viaje a Berlín, por lo cual había optado por festejar en casa, y toda la situación se daba para una juntada de carácter tranquilo, sin pensar en lo que estaba pasando afuera.

Llegó el fin de semana y lo pasé fuera de casa también, pero ese mismo sábado todo empezó a verse todo con tintes más oscuros: viajé en el metro y me di cuenta que ya casi no había gente viajando.

Lunes, las noticias ardían en la TV y ahí fui realmente consciente de todo lo que estaba pasando. En casa somos tres, y entonces decidimos poner la mejor energía para pasar esos “pocos” días en casa, como si estuviésemos de vacaciones. Decidimos ir al supermercado para comprar provisiones. Cuando llegamos había algo más de una cuadra de cola, y llovía. Estábamos separados con más de 2 metros, tardamos casi una hora en entrar y nos impusieron las medidas de precaución para comprar: guantes y alcohol en gel. Solo dejaban entrar un aforo de 50 personas máximo y la gente se abastecía como si no hubiese un mañana. Por suerte conseguimos todo lo esencial aunque alguna que otra cosa faltó, como carne, frutas y verduras. Trabajábamos de día, pocas horas y a medida que se iba haciendo de noche poníamos música, tomábamos unas birras o jugábamos a las cartas. Nada fuera de lo normal por el momento.

El miércoles decidimos declararlo festivo e hicimos un baile, nos emborrachamos y hasta largas horas de la noche bailamos como si no hubiese un mañana, cantamos cumbias viejas y temas pop brasileños, para no perder la costumbre. Continuaba todo normal, hasta que el jueves empecé con una leve tos.

Paranoia es lo más cercano a lo que sentíamos mientras se escuchaba ese sonido de tos. Nos reíamos para no pensar que podía tratarse de lo peor. Seguimos haciendo las cosas como si nada pasara.

Llegó el viernes y la tos seguía allí, mientras mi compañera también había empezado con una febrícula. El ambiente se volvió más tenso y las noticias que iban de mal en peor no ayudaban. Al caer el sol me invadió el malhumor, ya no soportaba contestar ningún mail del trabajo ni estar sentado, me sentía muy molesto y me pesaba el cuerpo, por lo que decidí dormir una siesta. A las 9 de la noche me desperté con 38 de fiebre y mi mente entró en shock. Tenía miedo de avisar a mis compañeros de piso, así que decidí comentárselo a mi mejor amigo por WhatsApp y llamar al 112 para dar aviso de lo que me pasaba. Tras varios intentos y una espera de 30 minutos, me atendieron, tomaron los datos y solo me dijeron que si empeoraba volviera a llamar.

Esa noche decidí no medicarme y ver si la fiebre se iba sola, pero no fue así y decidí tomar lo único que se podía según las recomendaciones: paracetamol. Por suerte bajó la fiebre, aunque estuve todo ese fin de semana con dolor de cuerpo, mientras la tos seguía y así mi paranoia.

Domingo, fui a lavarme los dientes antes de acostarme y me dí cuenta que no sentía el aroma de la pasta dental. Agarré una crema para la cara, la olí y tampoco sentí nada. Salí de mi habitación en busca de mis compañeros y les pregunté si les pasaba lo mismo. Una de ellas me dijo que sí. Habíamos perdido el olfato y el gusto. Esa noche me fui a dormir muy preocupado pensando en que era evidente que podríamos tener el virus, pero sabía que aún faltaba el peor síntoma: la falta de aire.

Dicho y hecho: el lunes por la mañana empezaron los ahogos y no podía hacer otra cosa que estar en la cama esperando que la respiración se normalice. Me invadía algo similar al asma, y no podía respirar normalmente. El martes se repitió la situación y aún peor, porque fueron muchas horas en las que tuve que estar en la cama sin poder hacer nada.

El miércoles los ahogos fueron más leves, y así continuó los días siguientes, aunque la tos siguió unos días más, hasta el siguiente fin de semana cuando desapareció finalmente. Me reincorporé a la vida cotidiana, manteniendo todos los cuidados. Mi mejor amigo, que no vive conmigo, se ofreció a hacernos la compra semanal para que no tuviésemos que salir a la calle porque podíamos esparcir el virus.

Hicimos varios llamados, pero al día de hoy nunca nos vinieron a hacer un test, y tampoco pudimos acudir a algún centro para hacer una prueba. Entendemos que pasamos todos los síntomas y como solo dos de los que vivimos en la misma casa los presentamos, asumimos que el tercero fue asintomático.

Pasé mucha adrenalina, llantos, pensé mucho en mi familia y en todo lo que hice en mi vida y en lo que aún quería hacer. Pero nunca perdí la confianza. Se que podría haber sido mucho peor, y que por suerte no lo fue.

Hoy nos sentimos recuperados, ya ha pasado más de un mes y medio, pero a veces nos sentimos raros, no sabemos realmente si es por el virus. Estamos a la espera de realizar los controles y saber que estamos bien.

De a poco empezamos a salir, damos una vuelta antes de entrar al mercado y a medida que va pasando el tiempo nos animamos a hacer más cosas, como ver a un amigo o cruzarte con un conocido y conversar desde lejos en la calle.

La semana que viene entramos en una nueva fase donde podremos juntarnos legalmente entre un máximo de 10 personas. Empieza la cuenta regresiva.


Facundo Gutiérrez, Arquitecto Fadu. Radicado en Barcelona hace 3 años

Instagram @facun.dun

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