HABITANDO EL AISLAMIENTO #8: GLORIA, LA PANDEMIA Y LOS BARRIOS POPULARES

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Pese a que las estadísticas señalan que la mayor cantidad de contagiados son hombres, sin duda el lado más duro de la pandemia tiene cara de mujer; siendo quienes principalmente asumimos las tareas de cuidado de nuestrxs hijxs, de personas mayores y de personas con discapacidad somos mujeres. El cierre -más que justificado- de los dispositivos de cuidado nos genera una carga 24×7 que es muy difícil de llevar adelante. Esto se agrava en aquellos casos en donde las mujeres deben concurrir a sus trabajos por no encontrarse exceptuadas y se encuentran con la complicación de no tener un lugar donde dejar a sus hijes porque se encuentran maternando solas o en los casos de familias en donde ambos se encuentran afectadxs a servicios esenciales. 

por Maricel Peisojovich


Es domingo a la noche, ya van casi dos meses de cuarentena y me suena el teléfono. Atiendo sobresaltada porque siempre me asustan los llamados a estas horas. Es Gloria, una vecina de un barrio popular, que me consulta por la autorización para poder circular por su trabajo. Ella realiza tareas de limpieza en una casa de familia. Me dice que se encuentra realizando la cuarentena allí desde el comienzo de la misma porque su patrona -como la llama ella- le informó que no podría retirarse del domicilio y tendría que quedarse allí hasta la finalización de la misma por la prohibición de circular. En todo el tiempo que lleva allí tuvo que realizar sus habituales tareas de limpieza, incluso sin poder descansar los fines de semana. Sin pensar mucho, y con indignación, le digo que lo que su empleador le manifestó no era cierto, que estaba exceptuada de concurrir a su trabajo y que debían pagarle el sueldo aunque no concurriese a trabajar, dado que el artículo 8° del Decreto 297/2020 estableció que durante la vigencia del aislamiento social, preventivo y obligatorio lxs trabajadorxs tendrían derecho al goce íntegro de sus ingresos habituales y que lxs trabajadorxs de casas particulares no se encontraban dentro de los casos exceptudos por el mismo decreto ni por las nuevas excepciones de los sucesivos decretos que fueron prorrogando la cuarentena, por lo cual no debía concurrir a su trabajo. Por su reacción me doy cuenta que probablemente estuviera hablando delante de su patrona. Me callo y dejo que siga explicándole la situación. Me cuenta que, aparentemente, ante su ausencia prolongada alguien había detectado la  situación e intentado forzar la entrada a la vivienda, por lo que una vecina la había llamado para decirle que volviese urgentemente al barrio. Me reitera que su patrona le decía que no podía salir porque la iba a parar la policía y que además corría riesgo de no poder volver al lugar de trabajo. Bastante temerosa, pero dispuesta a no arriesgarse a perder su vivienda, se decide a irse de todas formas. La ayudo a tramitar un permiso que alega causa de fuerza mayor  y se lo mando por whatsapp.

Al llegar al barrio, Gloria se encuentra con que la puerta de chapa ha sido barreteada, pero como su vivienda tiene además una reja, no han podido ingresar a la misma. Una vez dentro, entra al baño para higienizarse las manos, pero solo corre un pequeño hilo de agua. Llama a la vecina que la contactó, quien le comenta que ya han realizado el reclamo al organismo competente del GCBA pero que aún no tuvieron respuesta. En el barrio aprovecha para visitar a algunas vecinas amigas que le cuentan que estos dos meses fueron de los más duros que recuerdan para el barrio. Las principales tareas en las que se ocupan quienes viven allí -que en su mayoría se desarrollan en la informalidad- se encuentran paralizadas.

Una de sus vecinas, Rosa, que también trabaja como empleada doméstica, le cuenta que no está trabajando y que tampoco le están pagando el sueldo. Le dice que se las arregla como puede, recibe los bolsones de (escasa) mercadería que le dan en la escuela de su hijo, pero que para buscarlos debe tomarse un colectivo, y le da un poco de temor que la pare la policía. También le comenta que se encontraba concurriendo a buscar la comida a un comedor comunitario pero que el mismo cerró hace dos semanas, porque una de las trabajadoras del mismo había contraído Coronavirus. Ahora se las rebuscan para comer, la están “piloteando” con algo del dinero que reciben por la AUH y lo que reciben por el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). Le cuenta que su marido, que se dedica a la construcción, también se encuentra sin trabajo. También le manifiesta su preocupación porque su hijo justo está cursando  7mo grado y no sabe que va a pasar con la escuela, se le dificulta mucho poder hacer la tarea que le envían desde la porque no cuentan con computadora y solo pueden hacer los ejercicios desde el celular, pero que consume una gran cantidad de datos móviles y además la señal de internet en el barrio es muy mala.

Desde lo personal, la cuarentena me parece imposible de cumplir en estos barrios: viviendas pequeñas, con mala ventilación, húmedas, con goteras, y con baños y cocinas compartidos. Además de tornar difícil cualquier convivencia, resultan un caldo de cultivo para la propagación de cualquier enfermedad. Cuando conocí la casa de Gloria me había llamado la atención por ser particularmente pequeña y precaria. Al ingresar a la habitación había una pequeña mesa pegada a la pared y una cama matrimonial, en donde dormían ella y su hija. Al lado había un placard y al final del cuarto -que no debía medir más de 5 metros- se situaba el horno junto a una canilla y una bacha muy precaria. En un recoveco, detrás de una cortina, un inodoro y una de esas duchas eléctricas -con varios cables expuestos- cumplen la función de baño. Antes de entrar a la vivienda con mi compañera, que tenía que realizar un informe social, dudé porque no quería hacer sentir incómoda a Gloria, realmente se vislumbraba difícil que tres personas pudieran circular o sentarse cómodamente en el lugar. De hecho había solo dos banquitos, por lo cual Gloria se sentó en la cama, nos ofreció unos mates y chipá que acababa de hacer con motivo de nuestra visita. El agua ya estaba preparada en un termo, porque el agua en el barrio va y viene. Y cuando viene se aprovecha para llenar los barriles que están afuera de la casa, las ollas para cocinar y lavar los platos, la pava, y por supuesto el termo. Gloria vive hace 15 años en la CABA,  es oriunda de Itauguá, una ciudad de Paraguay, donde le resultaba muy difícil conseguir trabajo. Vino por sugerencia de una amiga que había venido a trabajar acá y que le dijo que probablemente pudiera conseguirle algún empleo con alguna amiga de las dueñas de alguna de las casas donde trabajaba. Luego de estar algún tiempo trabajando por horas en distintas casas, le ofrecieron trabajar en donde se encuentra ahora, concurriendo de lunes a viernes. Cuando sale de su trabajo Gloria va a un CENS (Centro Educativo de Nivel Superior), donde se encuentra terminando la secundaria, ya que en Paraguay para los sectores populares el acceso a la educación es muy difícil. Cuando no está trabajando Gloria siempre está ayudando a alguna vecina, cuidando algunx niñx, o cocinando de más para alguna familia que sabe que la está pasando mal.

Gloria me cuenta que en el barrio la mayor parte de sus vecinas trabajan en casas particulares pero que no tuvieron tanta suerte como ella, ya que no están yendo a trabajar y no les están pagando. Me cuenta que habló con un policía de los que custodian el ingreso al barrio, quien le dijo que podía circular con el permiso sin problemas. Ella le contó su situación y el policía le confesó que su esposa también trabajaba realizando tareas de limpieza en una casa particular, que no estaba concurriendo al domicilio, y que igualmente le estaban pagando el sueldo. Gloria me comentó esto pero más allá del engaño de su empleadora, agradecía no haber perdido el trabajo y poder conservar el sueldo que tanto necesitaba.

Como bien decía Gloria, dentro de los principales trabajos que desarrollan quienes habitan en los barrios populares se encuentran la construcción, el empleo doméstico y la costura, entre otros. Como ya sabemos estas tres ramas laborales fueron muy afectadas por la cuarentena. Si bien se dispuso la suspensión de los despidos a través del Decreto de Necesidad y Urgencia 329/2020, la construcción tiene un régimen especial y el trabajo doméstico y de costura tienen altos porcentajes de informalidad, y resulta más dificultoso que esta normativa sea aplicada. De acuerdo a datos del 2019 un 75% de las trabajadoras de casas particulares no se encontraban registradas.

De acuerdo al Informe Situación y Evolución del Trabajo Registrado realizado por el Ministerio de Trabajo y publicado en el mes de abril, al analizar la evolución mensual del empleo por rama de actividad se observa que la actividad más golpeada fue la construcción, con una caída del 3,1% en comparación al mes anterior. Esto colocó a lxs trabajadorxs de la construcción en una situación peor dado que ya venían con una caída en la actividad.

Paradójicamente el sector de trabajadores que se encuentra en relación de dependencia en parte son, como ya mencioné, personal de casas particulares, enfermerxs, recuperadorxs urbanxs, personal de seguridad o de limpieza de lugares, clínicas y hospitales que se encuentran muy expuestxs a los contagios. Por un lado por la propia tarea que realizan y la falta de provisión de insumos para garantizar su seguridad, y por otro lado porque sus condiciones materiales de vivienda también les dificultan seguir las recomendaciones de higiene para evitar el contagio.

De acuerdo a la Encuesta de la Deuda Social Argentina de la UCA, a finales de 2019 alrededor de 6 de cada 10 personas no contaban con un empleo de calidad, se encontraban desocupadas o no se encontraban registradas. Otro dato interesante que señala la encuesta es que los estratos más pobres de la población este porcentaje alcanza el 88,2%. O sea pensando en que la población que habita en las villas, podríamos decir que solo 12 de cada 100 personas cuentan con empleo de calidad. Esto implica que son mucho más susceptibles de haber pedido sus empleos o de no estar cobrando sus ingresos mensuales.

Si bien el GCBA muestra con orgullo los procesos de urbanización de barrios como Rodrigo Bueno, Villa 20, el Playón de Chacarita o la Villa 31, no se muestra el lado B de estas urbanizaciones atadas a negocios inmobiliarios, con grandes falencias en los procesos, y deudas con las partes no urbanizadas de los barrios. Tampoco se muestran los barrios a los cuales no llegan los procesos de urbanización: el resto de las villas de la ciudad, entre las cuales está aquella donde vive Gloria. Teniendo el ingreso per cápita más alto del país, la población de las villas no son una prioridad para este gobierno.

La situación de vulnerabilidad de estos barrios ante la pandemia motivó la presentación del amparo “Álvarez, Ignacio y Otros contra GCBA sobre Amparo – Otros”, Expediente n.° 3429/2020 por parte de comunerxs de las comunas 4 y 8, luego esta presentación fue ampliada y el  titular del Juzgado en lo Contencioso Administrativo y Tributario 24, Darío Reynoso, la hizo extensiva al resto de los barrios vulnerables de la ciudad. El objeto de la presentación consistió en que el gobierno porteño “informe de forma urgente el o los protocolos de actuación y prevención para afrontar la actual pandemia de Covid-19 en villas y asentamientos vulnerables de la Ciudad de Buenos Aires”.

La inacción del GCBA frente a diversos problemas como la falta de agua en estos barrios motivó la presentación de otro amparo solicitando la provisión de la misma a todxs lxs vecinxs de los barrios populares. En la causa “Koutsovitis, María Eva y Otros contra GCBA sobre Amparo” Expediente n.° 3010/2020 el Juez Otheguy ordenó la implementación de un plan de contingencia para garantizar el agua potable en calidad y cantidad suficientes para satisfacer todos los usos diarios de lxs habitantes de estos barrios.

La población de las villas se estima en un 10% de la población de la Ciudad, el GCBA habla de un número menor pero los censos realizados por sus organismos suelen subestimar los números según recurrentemente denuncian lxs habitantes de los barrios populares. A comienzos de junio el 42% de lxs contagiadxs se encontraban en estos barrios, cuadruplicando la tasa de contagios generales de la Ciudad. O sea, mientras que 1 de cada 10 habitantes vive en villas, aproximadamente 4 de cada 10 de lxs enfermxs por covid 19 habita en las mismas. Vivir en una villa en la Ciudad cuadriplica las chances de contraer coronavirus.

La Constitución de la CABA es un texto de avanzada en materia de derechos, su artículo 31 establece que la Ciudad reconoce el derecho a una vivienda digna y a un hábitat adecuado y que para ello debe resolverse el déficit habitacional, de infraestructura y servicios, y hace especial enfásis en darle prioridad a quienes se encuentren en situación de pobreza. También establece que se debe propiciar la integración urbanística y social de sectores marginados, la recuperación de las viviendas precarias y la regularización en la tenencia con criterios de radicación definitiva. Más allá de esta obligación constitucional, de la existencia de normativa nacional e internacional, muchas villas de la ciudad tienen leyes propias que disponen su urbanización y se encuentran incumplidas o con ciertos puntos cumplidos, pero con serios déficits.

Pese a que las estadísticas señalan que la mayor cantidad de contagiados son hombres, sin duda el lado más duro de la pandemia tiene cara de mujer. Siendo que quienes principalmente asumimos las tareas de cuidado de nuestrxs hijxs, de personas mayores y de personas con discapacidad, somos mujeres. El cierre, mas que justificado, de los dispositivos de cuidado nos genera una carga 24×7 que es muy difícil de llevar adelante. Esto se agrava en aquellos casos en donde las mujeres deben concurrir a sus trabajos por no encontrarse exceptuadas y se encuentran con la complicación de no tener un lugar donde dejar a sus hijxs porque se encuentran maternando solas, o casos de familias en donde ambos se encuentran afectadxs a servicios esenciales. Cobró cierta notoriedad mediática el caso de una trabajadora de la salud que se encontraba a exclusivo cargo de su hija, se desempeña hace 30 años en el Hospital Penna y pidió una licencia para poder cuidar a su hija y si bien en primera instancia el juez interviniente le otorgó la licencia, la Cámara revocó el pedido y no le otorgó la licencia solicitada, la solución que la justicia consideró una de las opciones “razonables” fue que la trabajadora enviara de lunes a viernes a su hija a un CAT (Centro de Atención Transitoria),  que es hogar de atención transitoria para alojar a chicos y chicas en situación de emergencia social, generalmente en situación de calle. Naciones Unidas alerta que de manera global las mujeres representan globalmente el 70 % del personal social y sanitario. También alerta que en esta situación mujeres y niñxs tienen mayor riesgo de sufrir violencia. Además, también es sabido que ante la situación económica se vuelven fundamentales los comedores comunitarios y las ollas populares que se encuentran sostenidas principalmente por mujeres, que suplen un rol que debiera cumplir el Estado. Además se encuentran expuestas a posibles contagios, a tener que intentar abordar una demanda creciente con recursos escasos y recepcionar diversas demandas no atendidas de vecinxs que se topan con un Gobierno de la Ciudad ausente en los lugares que más se necesita en el momento que más se lo necesita de parte de la gente que más lo necesita.


Después de unos días de estar en el barrio, Gloria vuelve a su trabajo porque la empleadora le ordena que así lo haga. Esa mañana se levanta sin agua de vuelta así que no puede bañarse. Se viste y sale. Atraviesa las calles de barro que le manchan los zapatos porque anoche llovió y solo una parte del barrio tiene pavimento. Al pasar por uno de los comedores comunitarios ve que ya desde temprano hay cuatro mujeres preparando todo para entregar las viandas al mediodía, luego otras mujeres que junto a ella esperan el colectivo: una enfermera y otra vecina que cuida a un adulto mayor. Recuerda la mentira de su empleadora, le da bronca, pero piensa que por lo menos al llegar a su trabajo se va a poder bañar, que no va a tener que pensar todas las mañanas si tiene agua o no, si se cortó la luz y no se puede calefaccionar. Piensa que ojalá alguna vez su barrio se urbanice y ya no tenga que preocuparse todos los días por cuestiones tan básicas, que el resto de la ciudad tiene garantizadas.


Maricel Peisojovich Militante popular, feminista, docente de nivel secundario, estudiante de la Maestría en Estudios Urbanos de la UNGS y abogada.

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