HABITANDO EL AISLAMIENTO #9: UN APORTE DESDE ESTADOS UNIDOS

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En medio de la crisis del COVID, la sociedad en Estados Unidos enfrenta otro quiebre, de características históricas. Se trata del hartazgo de décadas de represión y persecución de la población afroamericana, que estalló con el asesinato de George Floyd, haciendo salir a las calles a miles de personas. Una crónica desde Brooklyn en tiempos de movilización y pandemia.

por Karl Pielmeier


En los últimos tiempos, Hábitat Ciudadano le ha brindado el espacio a varias voces alrededor del mundo para revisar los modos en los que la vida urbana se ha moldeado a través de las políticas del Distanciamiento Social Obligatorio en respuesta a la crisis del COVID-19. Mientras varixs están “habitando el aislamiento,” me gustaría compartirles mi aporte desde Estados Unidos, donde algunos colectivos han desafiado la cuarentena para llevar a las calles de las ciudades la lucha por la justicia racial.

Escribo este artículo para compartir una perspectiva de alguien blanco, estadounidense, con educación universitaria y de clase media-alta; y para explicar por qué ocurre esta rebelión, y dilucidar algunos procesos que se desarrollan en las ciudades de mi país. Este aporte no está -bajo ningún concepto- completo: les ruego que complementen este artículo con la lectura de voces de la comunidad afroamericana, activistas y académicos (no solo de Estados Unidos), que son quienes lideran la búsqueda de justicia abolicionista.

Un manifestante en gafas de esquí se para enfrente de una línea de policías en Washington, DC – Fotógrafa: Jaliya Fonseka

¿Por qué los ciudadanos protestan y no están “habitando el aislamiento”?

Son varios los eventos que catalizaron la ola de protestas en el país. El más destacado fue la muerte de George Floyd, un afroamericano asfixiado por la policía en Minnesota, el 25 de mayo de 2020. Los oficiales le hicieron una maniobra ilegal presionando su cuello con fuerza, aunque él se estaba entregando de forma pacífica a su arresto por sospecha de falsificar un billete de 20 dólares. Les transeúntes vieron cómo la policía lo sofocaba durante ocho minutos. Sus últimas palabras fueron: “No puedo respirar.”

De forma parecida, Breonna Taylor, una joven negra de Kentucky, fue asesinada tras un allanamiento que fue llevado a cabo con un ariete, en medio de la noche, por policías que presuntamente no se habían identificado. Taylor estaba dormida y le dispararon ocho veces. Al momento de escribir este artículo, ninguno de sus asesinos tiene cargos en su contra.

Estos son meramente dos de los incidentes más recientes en los que personas negras fueron asesinadas por la policía (u otros) y en los cuales no se hizo justicia. Mientras tanto, una pandemia global ataca ferozmente y mata en forma desproporcionada a los afroamericanos de Estados Unidos.

Estas injusticias se apilan sobre 400 años de incidentes similares, que forman parte de la esclavitud sistémica, precarización económica, discriminación, daños y racismo ejercidos hacia personas negras dentro del país. Tal violencia genocida tiñe cada faceta e institución de la sociedad estadounidense.

En muchos casos, a través de la historia de los Estados Unidos (y aún hoy), las protestas y los llamados a terminar con la violencia racista fueron deslegitimadas, ignoradas o enfrentadas por blancos y las elites políticas. Así que, una vez más, los colectivos liderados por nuestrxs hermanxs negrxs piden justicia y han llevado este pedido a las calles. Éste es el motivo por el que no estamos manteniendo el aislamiento.

Una organizadora enseña las letras “B” y “T” en lenguaje de señas a un grupo de manifestantes en Nueva York, NY para rendir homenaje a Breonna Taylor – Fotógrafa: Anónima

¿Qué piden los manifestantes?

En su mayoría, la coalición de activistas y ciudadanos que salieron a las calles en los últimos días, centró sus demandas en la quita de fondos a la policía. Esta demanda existe porque ya se hicieron esfuerzos para reformar y detener la brutalidad policial en Estados Unidos. Y estos esfuerzos han fallado.

Y esto no debería ser una sorpresa: la vigilancia policial del país es un sistema inútil desde sus orígenes. Las fuerzas policiales fueron diseñadas, implementadas y mantenidas como herramientas para controlar a los esclavos negros. El legado anti-negro de la policía sigue vigente. Hay evidencia de sobra que demuestra que tales fuerzas actúan como control social racializado y no como un control al delito. Año tras año, ciudadanos negros son matados desproporcionalmente por la policía.  Sin embargo, los niveles delictivos en Estados Unidos no tienen correlación alguna con los niveles de violencia policial.

Las instituciones violentas policiales en el país también tienen fondos en exceso. Ya que soy un residente de Brooklyn, voy a usar el caso de la ciudad de Nueva York como ejemplo. En 2019, el departamento de policía de Nueva York (NYPD) tuvo un presupuesto operativo de U$S5.668.823.000. Sí, leyeron bien: ese es un presupuesto anual de la policía de casi seis mil millones de dólares.

Este monto es mayor que la suma de lo que la ciudad de Nueva York invirtió en 2019 en los departamentos de: Servicios para Personas sin Hogar, Vivienda, Preservación y Desarrollo, Juventud y Desarrollo Comunitario, Salud y Hospitales y Parques y Recreación. Por este motivo, no es de extrañarse que no hayan equipos de protección personal en los hospitales.

Los ciudadanos de Nueva York tienen 43 policías cada diez mil personas. En comparación, el Departamento de Policía de mi ciudad natal (rural, blanca, en Pennsylvania), solo tiene 6 oficiales cada 10 mil personas. Varios estudios han demostrado que en Nueva York cuando los niveles de control policial bajaban, los delitos no aumentaban, y que los ciudadanos negros presentaban una mejora en su calidad de vida.

Cuando las personas pedimos  “que le saquen los fondos a la policía,” lo que estamos pidiendo es una desinversión y un nuevo modelo de inversión. Buscamos balancear los grandes presupuestos en fuerzas policiales metropolitanas con inversiones en otros recursos para la comunidad, tales como los servicios sociales y las organizaciones de salud mental. Buscamos mover la responsabilidad de la policía hacia otras organizaciones más útiles y no violentas, como las médicas, las de violencia doméstica (con capacitación en traumas), psicólogxs, trabajadorxs sociales y educadorxs.

En resumen, la policía de Estados Unidos es, tal como la conocemos y siempre ha sido, un fracaso como sistema. Tiene que ser abolida.

Una protesta pacífica ocurre en el sur de Manhattan, Nueva York, NY. – Fotógrafa: Anónima

¿Qué sigue?

Quitar fondos a la policía es solo un paso hacia la derrota de cuatro siglos de sistema racista en Estados Unidos. El modelo de desinversión-inversión debe ir de la mano de un reacomodamiento económico, reparaciones monetarias, redistribución de las tierras, programas de educación, control en el uso de armas, cambios en materia legal y jurisprudencial, reformas penitenciarias, y otras modificaciones en políticas para generar un cambio significativo.

Hasta entonces, lxs ciudadanxs vamos a seguir poniendo nuestras vidas al frente por nuestrxs hermanxs negrxs. Vamos a seguir ocupando las calles y luchando por el cambio. Vamos a seguir sin habitar el aislamiento durante la era del coronavirus. Al contrario, y a pesar del peligro, vamos a habitar territorios juntes para conseguir el cambio revolucionario.


Karl Pielmeier es estudiante de derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York. Actualmente, es asociado en el estudio Internacional Curtis, Mallet-Prevost, Colt & Mosle; y becario del Centro Estatal de Impacto Ambiental y Energético en la Universidad de Nueva York. 

Unos policías con antidisturbios esperan cerca de una farmacia en Nueva York, NY. – Fotógrafa: Anónima

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