HABITANDO EL AISLAMIENTO – REPORTE #1

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El coronavirus ya no es solamente un tema de salud pública, sino una catástrofe a varios niveles que nos atraviesa como sociedad a nivel global. Varies de nosotres estamos viviendo las primeras horas de la cuarentena obligatoria, mientras otres llevan ya varios días en casa. Desde el equipo Hábitat Ciudadano, decidimos hacer catarsis y relatar nuestras diversas experiencias desde el aislamiento y sobre como este proceso ya empezó a transformar nuestras vidas cotidianas, las formas de trabajar -e incluso de consumir- de manera drástica.



NO SOY MARIE KONDO

 

No soy Marie Kondo, disto mucho de serlo.

Pero hace un par de días me armé un horario diario con actividades que cambiaban cada una hora. Perfectamente estudiado, alternaba tareas sentada y actividades parada, en cada caso, dividía la primera en actividades en la computadora y sin computadora, en la segunda, actividades físicas para el cuerpo (hay que mantenerse en forma) y tareas del hogar. También estudié el horario diario para establecer un equilibrio respecto de los gustos, actividades que me gustaba hacer y otras que no tanto, respecto de obligaciones, actividades que estaba obligada a hacer (actualmente y esos miles adeudadas) y las que me proponía hacer como algo nuevo, nunca pensado. Por supuesto el tema de la información estaba contemplado en pocos momentos (no más de 3) al igual que el acceso a las redes (no más de 3).

No cumplo con casi nada, pero el hacer ese horario me sacó de la situación anterior, que era alienante.

Tres días antes de volver de Madrid, me avisaron de mi nuevo trabajo que cuando llegara iba a tener que hacer cuarentena, ya el coronavirus estaba llegando a la Argentina en avión. Ese era el ante-último día de mi curso allá y con el grupo, a la noche, salimos a cenar (invitados por los organizadores del curso) y luego a tomar algo en un bar cercano.

Al día siguiente nos fuimos a conocer la ciudad, ya que la intensidad del curso fue alta y no pudimos hacerlo en la semana, entrando a museos, a comercios y demás, que por ser fin de semana, estaban atestados de gente.

 

El día anterior a mi partida, era la marcha del 8M y ya había organizados con varias mujeres que viven en Madrid, que me sumaba a sus actividades y marchaba con ellas. Fue extraño no estar en Buenos Aires ese día, pero con mi pañuelo verde y remera violeta sobre la campera, marche varias horas, llegando a saludar de lejos (por suerte porque tiene coronavirus) a la Ministra de la Igualdad de España.

Mi partida de allá fue un lunes y llegué a Buenos Aires, en nuestra Aerolínea de bandera (porque había sacado los pasajes ahí) en el mediodía del martes 10. Luego de un formulario que completamos en el avión y una explicación de cómo debíamos hacer la cuarentena dada por gente de Sanidad de Fronteras, volví a mi casa en el taxi de un amigo, al cual le había pedido que llevara dos barbijos y que nos saludáramos con los codos. De estar en otro país puedo decir que es muy importante lo que un gobierno haga o deje de hacer, qué comunica o que no comunica. En Madrid, a tres días de que ya supiera que venía a ponerme en cuarentena en mi casa, allá podía circular libremente incluso en lugares de mucha concurrencia de gente.

Supe que el gobierno español convocó a toda la ciudadanía a hacer tele trabajo, pero me aclararon que, si aceptabas, solo te pagarían el 60% de tu sueldo, por lo que la opción no fue tomada por caso nadie. Que los sistemas de salud privados (allá casi desmantelaron el sistema público) no se hacían cargo de la prueba del virus ni mucho menos de su tratamiento, por lo que nadie se hacía la prueba.

Y nunca suspendieron las actividades que concentraban a mucha gente, ya que las mismas, empezando por el fútbol, tienen fuerte poder de lobby.  Ya cuando estaba instalada en mi casa, cuarenteneando, me enteré que el gobierno español había empezado a tomar algunas medidas.

Cuando llegué, me puse obsesiva del trabajo. La sensación de que no te estás quedando en tu casa de vaga sino porque te lo indican, te lleva a lugares insólitos. Cuando siempre soñamos con que nos den unos días libres, o que los fines de semana sean todos largos, yo trabajé del miércoles al viernes de 8 a 17hs en mi casa, con teléfono, mail, celular, y si hubiese tenido palomas mensajeras, seguro que también las usaba.

Luego del trabajo quedaba exhausta, así que veía una serie, comía porquerías y me iba a dormir. Por suerte llegó el fin de semana y me deprimí. El día se hizo largo, me quedaba en las redes muchas horas y mi estado de ansiedad crecía. Entonces recordé muchas cosas de lectura y escritura que tenía pendientes para hacer y me propuse aprovechar este tiempo para hacerlas. Cosas de todo tipo, obligaciones e incluso cosas que me gustaban. Solo que advertí que la concentración que tenía estaba en nivel menos cuatro.

Tengo que hacer actividades físicas, pensé, para recuperar concentración. Si no soy Marie Kondo tampoco podría definirme como deportista. Apenas cumplo con ir a los gimnasios, porque me gusta hacer alguna actividad, y básicamente porque alguien dándome clase me “obliga” a hacerla. Me busqué una página donde enseñan pilates y yoga y (sin suscribirme, decisión inconsciente, pero de lo más adecuada) empecé a hacerlas. Obviamente que al día siguiente me dolía todo el cuerpo por hacer unas clases bastante exigentes, muy por arriba de mis capacidades.

Tampoco logré la concentración necesaria para avanzar en esas cosas pendientes, me distraía en las redes y las noticias, en las que ambas daban nuevas desalentadoras. El solo pensar que cuando yo terminara mi cuarentena, todes íbamos a estar de cuarentena, me puso mas ansiosa.

El martes, a una semana de empezar mi cuarentena, tomé la decisión drástica de “ordenarme”. Es un problema de orden, pensé, y me senté a organizar una rutina diaria.

Ayer anunciaron que todes debemos estar en cuarentena (y a mi todavía me faltaban cuatro días). El orden me sirvió solo para limitar las redes y las noticias. Los chats grupales se tornan intensos en épocas de encierro, así que durante largos ratos dejo el celu abandonado a su suerte en la casa.

Las noticias, no más de 3 veces al día, en lo posible cuando hacen anuncios importantes. El resto, lo que vaya pintando, aunque conservo la intención de que, si estoy mucho tiempo sentada, pasó a una actividad física para equilibrar un poco, y que lo que mas tengo que hacer es lo que me gusta, no como obligación (sino se desnaturaliza la cosa) sino como disfrute.

 

Plaza Mayor, Madrid – 7 de Marzo de 2020


EL PENSAMIENTO COLECTIVO, ESA ACTIVIDAD OLVIDADA

Son las 12 de la noche y ya pasaron varios minutos de la cuarentena preventiva obligatoria.

Parece un sueño, o más bien, una película en la que todes formamos parte. Pero en esa película hay algo que no deja de rondarme en la cabeza: la idea de la colaboración colectiva.

En esa idea, o mejor dicho en ese desafío, nos acoplamos todos a pesar de las consecuencias. En lo personal, dejar de trabajar implicaba no generar ingresos por varios días, siendo una monotributista más en situación precarizada, esas consecuencias en lo económico no son nada favorables. Pero… ¿Es mi propia situación la que está en riesgo? Sabiendo que el mundo laboral está con altibajos – después de una gestión anterior desastrosa – quizás esta crisis ponga en evidencia la problemática de miles de trabajadoras y trabajadores.

 

Mi angustia, al paso de los días en cuarentena se transformó en algo pasajero, efímero y en parte egoísta… ¿Cuál era el precio de exponer mi salud, la de mi familia, la de mis colegas, y de cuanta gente que sin saber podría estar vulnerable?

 

Esa preocupación se transforma en una ocupación, en una responsabilidad, en contemplar que la salud pública es dejar por un segundo de lado los intereses personales y poner sobre la mesa la idea de lo colectivo, eso que parece ser una distopía en una sociedad que se acostumbró al individualismo, a ponderar la meritocracia, a la avivada como moneda corriente, al salvarse a sí mismo sin importar quien tiene al lado.

Fiel reflejo de ese pensamiento fue parte del ecosistema de los últimos días, en donde la falta de empatía y responsabilidad inundó las calles. A pesar de la contundencia en el mensaje de quedarse en casa por unos días, muchos empleadores aprovecharon la situación para ejercer el lado más perverso de la ambición desmedida: reducir personal para no perder plata, someter a sus trabajadores a prácticas de higiene absurdas e inhumanas, y de manipular perversamente con el falso discurso que cada unx puede trabajar a “voluntad”, cuando sabemos que en la práctica eso no ocurre.

Ahora la angustia era otra, por aquellxs trabajadores, por quienes ante la desidia no contemplan mayores consecuencias. ¿Cual es el precio de exponer a tanta gente y colapsar el sistema sanitario?

Reflexionar esto último no es una preocupación de índole alarmista, sino asumir con responsabilidad que esta situación es real, que no participamos de ninguna película, sino que formamos parte de una sociedad, y el rol esencial como ciudadanxs es entender que somos parte de un colectivo y que colaborar con un pedido tan simple pero contundente, no solo enaltece al Estado, sino a nosotrxs mismo como Nación.

 

Es la 1 de la mañana, toda esa ansiedad y angustia de los últimos días, se transforma en un pequeño cúmulo de esperanza, con una última pregunta en la cabeza: ¿Seremos capaces de afrontar como sociedad este desafío de poder cuidarnos entre todxs?

Parque Centenario – Jueves 19 de Marzo 2020

 



ABANDONANDO EL ESCEPTICISMO

 

Luego de la cuarta salida a comprar provisiones en apenas dos días, espero en tensión que el presidente anuncie posiblemente el establecimiento de una cuarentena total definitiva en la Argentina. La población nacional no podría salir de sus casas durante días (¿semanas?) para mitigar la difusión de esta inédita pandemia de alcance quizás nunca vivido a nivel global.

 

¿Cómo empezó todo? ¿Cuándo comenzó a escucharse la palabra coronavirus? ¿Cuándo pasó de ser un comentario escéptico y un chiste con tinte conspirativo, para volverse un fantasma cada vez más y más cercano que terminaría posándose sobre la Argentina luego de un largo preanuncio? Intento responder estas y otras preguntas en mi cabeza, creo que para lograr con ellas entender lo que está pasando, dónde estoy parado en mi vida y en contexto, y por qué estoy viviendo este momento. Entre tantas imágenes que me surgieron en estos dias, asocio lo vivido en estas semanas con esas super trilladas secuencias iniciales de las películas de epidemias y apocalipsis zombies, en las cuales un día se escucha en una radio de fondo una aislada noticia sobre un enfermo inclasificable en la India, poco después en una tele se mencionan hospitales colapsados por un virus nuevo en Marruecos, luego el protagonista pasa sin darse cuenta junto a un personaje tambaleante -sin notarlo- en una plaza o andén, y un día se despierta para chocar con que la epidemia llegó a su realidad cotidiana sin que hubiese podido anticiparla… a pesar de las señales cada vez más evidentes que el director mostró al espectador y que estuvieron ahí, alrededor, sin que el personaje pudiese identificarlas.

 

Y es que un día de febrero, miraba en un portal de noticias los videos “timelapse” de como se construían a toda velocidad en China dos hospitales modulares para hacer frente a una extraña infección de rápido crecimiento. Poco después, pasaba al scrollear con el celular sobre titulares que mencionaban la expansión del virus en cruceros turísticos y en el norte de Italia. Unos días más tarde, distintas amistades me contaban por whatsapp cómo al intentar hacer las compras de fin de semana se habían topado con filas de autos y de gente con changuitos en diversos mayoristas e hipermercados. Mis contactos más cercanos iban sumándose con distintos ritmos y tonos de alarma a un clima que crecía, quizás tan exponencialmente como los gráficos muestran que se esparce el contagio.

 

El escepticismo que me caracteriza y que me llevó a no dar mayor prioridad al tema de la pandemia en mis pensamientos durante todo este tiempo, poco a poco aceptó ceder para que logre mentalizarme en la situación y en lo realmente importante que es tomarse estas medidas en serio para intentar salir lo antes posible de este estado que nos va a traer graves problemas como sociedad en varios aspectos, y muy pronto.

 

Desde posibles colapsos de un sistema de salud que viene de cuatro años de desprecio, desfinanciamiento y maltrato a sus trabajadores, a un parate productivo y comercial que llegaría en un contexto más inconveniente imposible para la Argentina, sin mencionar cómo puede llegar a afectarnos colectivamente a nivel psicológico y cuánto va a llevar recuperar una cierta sensación de normalidad (si es que antes vivíamos en esa situación).

 

El miércoles finalmente abandonamos nuestro espacio de trabajo, la oficina en donde día a día suelo cruzarme con decenas, cientos de personas entrando y saliendo a infinitas reparticiones, a lo largo de filas y filas de computadoras una junto a otra. Lugar al cual estuve concurriendo bajo total normalidad y sin prestar mucha atención a ninguna medida particular de higiene o prevención hasta pocos días antes de que oficialmente se instalara que la situación era grave “de verdad”, y poco después se estableciera definitivamente que los trabajadores deberían continuar desde sus casas, en principio, por dos semanas.

 

Los grupos de whatsapp estallan de ideas, propuestas, videos, audios, links, “challenges” para transitar el aislamiento social. Siento que todo mi entorno transita la neurosis del contexto como puede, con las herramientas que cada persona tiene a mano y las válvulas de presión que cada uno conoce para lograr sentirse bajo control y “haciendo algo al respecto”, ya se trate de proactividad, hiperactividad, frenesí, depresión, paranoia, resignación, escepticismo, humor. Desde una limpieza nunca vista del hogar, a insólitas clases digitales de todo tema y disciplina, recitales online ofrecidos por celebridades, partidas en red de todo tipo de jueguito de red (clásico o de moda, según las edades), compras vía mercadolibre de todo tipo de chiche y entretenimiento largamente deseado que finalmente encuentra una excusa para hacerse realidad “es ahora o nunca”.

 

Capítulo aparte para el frenesí previsor de autoabastecimiento, de stockeo, de mercadería de todo tipo que comenzó a sentirse crecientemente desde fines de la semana anterior, mostrando su primer pico preocupante cuando en sábado y domingo la gente generó embotellamientos y largas filas en cualquier mayorista o hipermercado de los que abundan especialmente en barrios alejados y el Gran Buenos Aires. Poco después ya regía un limite de personas máximas en simultaneo por cada supermercado, y la situación ya tomó un cariz aún peor. En paralelo a la hilera de clientes que se derramaba por la puerta de cada sucursal de las cadenas mas conocidas (desde las famosas por sus descuentos y sus papas fritas en tubo a las más asociadas con barrios y localidades de clase alta) no dejaba de sorprender la sensación de exclusión y soledad que transmitían los supermercados chinos, en una situación difícil de explicar si no es por el racismo, el prejuicio y la paranoia irracional al origen de la enfermedad. Cuando en ciertos casos se podían encontrar a pocos metros, una sucursal de cadena de supermercado y uno atendido por orientales, la postal del contraste era aún más patética.

 

En este espiral descendente hacia una crisis sanitaria y general, que todo experto explica que solo irá empeorando si el gobierno y -especialmente- la sociedad no toman en serio la necesidad de cortar la difusión del virus todo lo posible antes que la tasa exponencial de contagio levante vuelo, es inevitable que la cabeza y el corazón no atraviesen una turbulencia total y mil escenarios y preguntas se sucedan y choquen constantemente sin una respuesta clara. Porque ni siquiera los dirigentes políticos, los grandes empresarios ni las personalidades que más influencia tienen sobre la opinión pública pueden asegurar qué tan grave pueda ser esta epidemia en un país con los conflictos que atraviesa la Argentina, en una región vulnerable como lo es Sudamérica y en una época como esta, en donde la globalización y la comunicación virtual nos transmiten tanto conocimiento e información, como enajenación y confusión.

 

Entrada a supermercado – Sábado 21 de Marzo de 2020

 

 

Fotos: Archivo HC

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Desde Barcelona, Facundo hace llegar a Hábitat Ciudadano sus fotos y esta pequeña crónica que reconstruye su vivencia personal en el marco de la pandemia COVID-19. Habitar la negación, luego la sospecha, la preocupación y finalmente los síntomas mismos, sin nunca haber podido confirmar qué le estaba pasando realmente. por Facundo Gutiérrez

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